martes, 15 de noviembre de 2016

Comidita de ladrillo

Una tarde estábamos con mi padre contemplando el florecimiento de los lapachos y conversábamos acerca de lo mal que lo habíamos pasado económicamente en algunos momentos de la vida. En medio de aquella charla, papá sorbió el tereré y reflexionó: "Nosotros aprendimos a vivir a pesar de la pobreza y con la pobreza, por eso podemos contemplar el mundo así". Y terminó su discurso con una rutilante sonrisa.

Aquello me hizo recordar cuando vivíamos en una especie de era preconsumista, en la que con poco disfrutábamos mucho, siendo unos críos. Cinco niños, varones, nos pasábamos jugando, yendo a la escuela y al río. A menudo escuchábamos a nuestros padres hacer cuentas. Los útiles escolares, las provistas, el viaje mensual a la capital para cobrar, los billetes, las monedas, la libreta de almacén, las deudas por el arreglo del techo y un largo etcétera. Nunca cuadraba nada. 

Una veraniega mañana, con la humedad por las nubes, mientras estábamos jugando, ensuciándonos en la roja tierra, mi madre detuvo el juego con un grito: "¡Peantemavoi ofaltá!". Un grito de hastío en guaraní, como de guerra, de desconsuelo, porque justo se le había acabado el gas de la garrafa, con la comida a medio hacer y mi padre aún no regresaba de Asunción con el sueldo (un viaje de entre 14 y 17 horas por trayecto, con suerte). Nos ordenó que buscásemos leña, nos zarandeó del suelo y allá que nos esparcimos por el bajo, camino al río, a recolectar troncos secos. Unos minutos después, cada uno fuimos llegando con nuestros maderos.

Nos quedamos mirando la escena. Mamá armaba una pequeña hoguera a la vez que refunfuñaba y soplaba con rabia para avivar el fuego, golpeando palabras de desaliento contra la leña reseca. El determinismo de ser pobres, el desconsuelo de estar tan lejos, aislados, todo cabía en sus reproches. Cuando ya el fuego estaba en su punto álgido, puso una hilera de ladrillos a un lado y a otro de la pequeña hoguera, como dos muritos y sobre ellos asentó la olla de hierro que contenía el puchero a medias para el almuerzo, sin dejar de fruncir el ceño y maldecir la suerte cotidiana. En ese instante,  como un chispazo, Hugo, el más pequeño de mis hermanos lanzó un grito como un descubrimiento.

—¡Co-mi-di-ta de ladrillo!

Mamá lo miró apretando los dientes. La miramos esperando alguna reacción de bronca, pero aflojó los labios y perfiló una mueca que terminó en una sonrisa. Los cinco hermanos la secundamos con nuestras risas a coro y terminamos todos cantando. 

—¡Comidita de ladrillo, comidita de ladrillo! 

Acompañamos el estribillo con palmas y mamá se sentó en la silleta del patio partiéndose de la risa con el pequeño himno que acabábamos de inventar; nuestro himno a la pobreza compartida en torno al humeante puchero que desprendía su casero aroma a medio día.

Pretérita imagen de aquellos tiempos en el río Ypane (Tacuati).

lunes, 10 de agosto de 2015

Las cigarras cantan en diciembre

Llegaba diciembre con todos sus calores en el pueblo y con su coro de cigarras para infligir a la siesta la agudeza de su canto, con las respectivas quejas de algunas abuelas que no podían dormir al aire libre, bajo la sombra de los árboles de mango. 

Las cigarras eran un divertimento para nosotros, los niños; sea por su canto, por el gusto de urdir estrategias para atraparlas o por ver cómo "desaparecían" dejando el cascaron vacío, transparente, pegado a un árbol; una especie de "otro yo" de los bichos. Un truco para escapar y volver al año siguiente a anunciar las fiestas y así colmarnos de nuevo con el aroma de flor de coco, abundantes sandías y jugosos melones.

Hace unos días estuvimos recorriendo las áridas geografías del desierto almeriense y el parque natural de Cabo de Gata, con sus playas de inabarcable belleza. En esos parajes, cuando el sol daba un poco de tregua empezaban las cigarras a imitarse unas a otras y a poblar con su eco toda la comarca. Mientras las escuchaba recordé nuevamente aquellas tardes de diciembre húmedo. Pensé en la influencia de los hemisferios, en que uno nunca termina de acomodarse cuando migra; porque aunque puedas llevar años aquí o allá, cuando toda tu contextura cultural se sacude, siempre queda esa incómoda picazón que te señala de dónde eres y dónde estás pisando. De costumbres somos. Y para mí las cigarras eran de fin de año.

Ahora lo escribo, recordando aquellas traviesas horas de la siesta paraguaya, sentado frente a mi computadora en Sevilla, junto al monótono giro del ventilador y un trozo de sandía fresca que me sonríe desde el plato, en pleno julio.

"Cigarra tonta, cigarra, tu ronca voz de verano
llena de música el cielo y de horizontes el campo"
                                                                                          José Luis Appleyard 

martes, 30 de septiembre de 2014

Tereré en el escenario de Lisboa

Regresé nuevamente a Lisboa. 
Fue mi cuarto desembarco en la ciudad de la nostalgia y la poesía. Ese balcón donde se desabrocha el fado. 

Me invitaron a la primera Mostra Latino-americana de Teatro, una pequeña iniciativa de embajadas y la Casa da América Latina de la capital lusa. Allí presenté “Cosechero de Historias”. Ya tenía los cuentos, el ensamble de luces y sonidos en la mente, pero me faltaba algo como material de enlace, como hilo conductor, ya  que ni la música ni el cambio de luces me convencía. Yo acababa de llegar de Paraguay y me habían pedido algo de yerba mate de allá.

Una mañana estaba guardando los paquetes de yerba mate y ahí se me configuró el espectáculo: "El tereré", grité. Acababa de resolver el dilema. 

¿Qué hay más significativo que una ronda de tereré como vehículo circular de la frescura, del encuentro, de las reuniones en las que brotan las ideas y se cuentan las historias? 


La tarde de domingo en la que me tocó hacer la función, subí al escenario del Teatro da Trindade con mi equipo de tereré y, como en una ronda de amigos, empecé a cebar y dar de beber al público leyendas guaraníes, vivencias infantiles y cuentos cosechados por aquellos senderos del recuerdo.

El tereré a la espera de ser compartido en el Teatro da Trindade

viernes, 27 de diciembre de 2013

El regalo de la calle

Están en las calles de concurridas ciudades. Algunos en silencio reflexivo, otros con poética sonoridad o ruidosa rutina. Cada uno brindando lo mejor de su creación. Entretienen, impresionan, emocionan y alegran rincones.

En estos tiempos de crisis y desencanto, allí están ellos, personajes de la calle, que primero te regalan su arte y luego piden tu solidaridad para seguir cultivando sus sueños.

Desde el cinismo del poder, en algunos municipios son prohibidos, perseguidos y multados. Pero la creatividad no se corta por decreto, porque vuelve a brotar con su clandestina cualidad para el disfrute de los caminantes.

Homenaje a las cotidianas luchadoras, Sevilla.

Música árabe en el Barrio Gótico, Barcelona.

Ritmo y garganta de los mariachis en Sol, Madrid.

viernes, 28 de junio de 2013

¿TE ACORDÁS?

¿Te acordás cuándo empezó todo? 
O al menos desde dónde se gestó la leyenda.

¿Te acordás que entonces era pesidente un señor que a veces usaba una boina para congraciarse con algunos campesinos? ¿Te acordás que fue en un destacamento militar, puesto allí para defender los intereses privados de una multimillonaria francesa? ¿Te acordás que quemaron ese puesto? ¿Te cordás cómo se llenó de cámaras, de flashes, de imágenes y sonidos alentando la ocupación militar? ¿Te acordás que nadie preguntó a los lugareños nada, ni como testigos, ni como conocedores de la zona?. Apresaron y abusaron de mucha gente, pisotearon sus derechos. ¿Te acordás que no agarraron a ninguno de los "guerrilleros" y se gastaron mucho dinero en el operativo?


Algunos viejos murmuran, algunas abuelas y niños dicen que ese día, cuando quemaron el puesto,  no había guardia, no había nadie, por eso les fue fácil hacerlo. Y mientras los medios los presentaban a los milicos como víctimas y héroes sobrevivientes de un ataque, la gente que cuenta muchas cosas (aunque no se les escucha nunca), habla de un río, de una fiesta, de mucha cerveza...de risas, de disparos al aire, de mujeres, del olor al asado que muchos ya no comen.

¿Te acordás?

Foto de un mural en el Colegio de Tacuati, Paraguay
captada en una gira cuentera en Septiembre de 2010.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Mis muertos vivientes

Alguna vez, al dar un rodeo para evitar el cementerio, el abuelo Heriberto me dijo: “No tenés que tener miedo de los muertos che ra’y, de los vivos lo que no hay que descuidarse, esos lo que son peligrosos”. Crecí con ese des-temor a los difuntos y aprendí a convivir con ellos, tanto que mis abuelos maternos ya no están pero seguimos hablando de ellos en presente, y de vez en cuando, al regresar al pueblo, con algunos primos, nos acercamos a merendar con ellos, sobre las baldosas de su tumba. Incluso alguna serenata les ha caído. 

Este año de finales de mundo, algunas de mis referencias personales y culturales se fueron por el sendero de lo irreversible. Y aunque Eduardo Galeano diga que"vivir es una costumbre mortal", nunca terminamos de acostumbrarnos, tal vez porque siguen inquietándonos con su legado. Si bien la pálida dama fue prolífica en el 2012, me gustaría hablar de tres personas, porque me tocan, porque me siguen latiendo con sus ideas, broncas y afectos. 

La logia de Luque o en lo de Chester
Lo conocí a mediados de los ’90 cuando él coordinaba una radio comunitaria en la ciudad de Luque, una ciudad marcada por el rock y el fútbol (amén de ganarse  la chapa de “ciudad de la música y la artesanía"). El primer día de conocerlo me invitó a su casa, y poco tiempo después, con mi grupo de teatro juvenil y otros tantos adolescentes nos hicimos parte de esa pequeña comunidad que se había montado en su morada. Me sorprendió la cantidad de libros en la casa. Su sala estaba llena de anaqueles, con los más diversos y hasta “raros” ejemplares. Su fascinación por lo oculto, por las logias secretas nos sacudía la cabeza. Fui descubriendo al músico, al viejo rockero (esos que nunca se jubilan), al artista plástico. Compartimos campamentos, críticas, incluso argelerías. 

Lo último que descubrí de él fue su vena literaria. Lo leí y de entrada me gustó, tanto que después de 5 o 7 años volvimos a retomar contacto gracias a las nuevas tecnologías y le pedí sus textos. Me mandó un libro de cuentos en digital. Le pregunté si pensaba publicarlo en impreso y me respondió: “Para qué, así nos ahorramos matar árboles y en digital, con un solo click viaja a la velocidad de la luz por el mundo entero”. Así sonaba Chester Swann, al que su nombre de bautismo, Celso Abel Brizuela, le resultaba muy real para el mito urbano en el que se convertiría. Un mito que atravesó generaciones y al que hace unos días muchísima gente lloró y expresó su pena, tanto en su funeral como en las redes sociales. Murió siendo un rebelde de 70 años, siguiendo con su moto, guitarra al hombro, las sendas marcadas por sus creaciones, como aquella memorable canción en la que decía: “Pobres gusanos, yo no me arrastro, puedo volar”. 

Mateo, el habitante de la niebla
El primer encuentro fue en Chile, en un festival de cuentacuentos. Compartimos escenario y desde aquel día seguimos transitándonos como coleguitas, unidos por el cordón umbilical de la narración oral. Éramos una especie de amigos itinerantes, nos encontrábamos físicamente en los viajes y encuentros cuenteros. Su bogotana estirpe de sobretodo oscuro y cualidad gris contrastaba a veces con la hilaridad de sus historias personales y sus rollos (más íntimos). Un freak en toda regla, coleccionador compulsivo de cómics y  enorme contador de historias. 

Alexander Díaz Gómez, su nombre, aunque para todo el mundo siempre fue Mateo. Emprendedor empedernido: “El cielo es el límite, papá”, decía cuando soñaba e ideaba proyectos. De gustos finos y ocurrentes ocurrencias. Una vez le comenté que iba a viajar a París; me mandó una lista de sitios a fotografiar en la ciudad de la luz. Una vez allá, con una guía amiga fuimos descubriendo que estábamos haciendo fotos de casas, fachadas, bares y locaciones de la película Amélie, una de sus favoritas y de la cual  yo también era devoto. Cuando llegué a Bogotá y le entregué las imágenes en papel, le espeté: 

—No me dijiste que era la ruta de Amélie, compa.

Me respondió con un guiño detrás de sus anteojos de Jhon Lennon. 

—Ese era el plan, papá, que descubriéramos juntos esa ruta, como cómplices conectados a tu cámara. 

Hace dos meses que se fue a buscar la “niebla benévola”, como llamaba al más allá, un sitio siempre presente en sus espectáculos y textos. No pudo editar su último libro, con un título premonitorio: “Catalejo en la niebla”. Me había pedido que le prologase la edición europea pero nunca salió. De ese inédito material, rescato este fragmento de un hasta luego...

             Tal parece que ahora soy yo el que levanta la mirada y entona un cántico de despedida parcial. 
         ¿Duermes? 
         ¿Duermes despierta? 
         ¿Sueñas....? 

En Itá esculpió su lucha, como los guerreros imprescindibles 
Celso Bazán era un hombre unido a su muleta, como dos alas, con las que voló por sobre la desidia y la ignorancia y creó hace más de 30 años una escuela de música. Un luchador de los que se encuentra uno en un millón, de los verdaderos revolucionarios, combatiente de la vida. 

Lejos del ruido farandulero de la capital, empezó enseñando música bajo un árbol, hasta que poco a poco, con la ayuda de alumnos, padres y madres, fue construyendo su sueño, a pulmón, ladrillo a ladrillo. Hoy, en la escuela Herminio Giménez de Itá, ya no llega Celso con sus viejas muletas, pero en los pasillos, en el patio, bajo los árboles, niños y niñas crean, ensayan, escriben. Niños y jóvenes sin ninguna posibilidad de acceder a formación artística alguna, estudian danza, música y construcción de instrumentos. 

Lo conocí muy poco, pero tuve la posibilidad de colaborar con él y su proyecto de festival internacional. Me comentó que en muchos casos, él pagaba de su sueldo parte del salario de algunos docentes y otros gastos corrientes. Y lo hacía a pesar de que en su casa andaban con los justo, casi poco. La imagen que me guardo de él es su catre de reposo, las muletas de madera, y una inabarcable sonrisa cuando hablaba de música y de la realización de su sueño: Que muchos niños sientan la belleza de la vida por medio de la música. Y vivir dignamente de ello, también.


                                             ...y navegas como un ángel / con muletas como alas.

viernes, 31 de agosto de 2012

Haciendo tiempo con Juan Rulfo*


En medio de la ebullición futbolera por el clásico Madrid- Barcelona que ocurriría al día siguiente, tuve que hacer tiempo antes de tomar mi autobús para volver a Sevilla donde resido. Y por esos azares de la vida me topé con la siguiente propuesta cultural: “Juan Carlos Rulfo: Inéditos”, al ver que era gratuito “hasta completar aforo” sin leer mucho de que se trataba decidí acudir a la cita para saber algo más del escritor mexicano.

La cita audiovisual comenzaba a las 19:30 en Casamérica de Madrid, en el ciclo Los martes del Documental. La anfitriona de la de la tarde, Alicia Luna presentó al director, un tal Juan Rulfo, o mejor dicho,  Juan Carlos Rulfo, nada más y nada menos que uno de los hijos del creador de Pedro Páramo y el Llano en llamas. Ahí recién entendí que no se trataba de un homenaje más, sino que tendríamos la posibilidad de que nos cuenten en primera persona, consanguíneamente, algo sobre uno de los maestros de las letras latinoamericanas (luego me di cuenta que no fui el único sorprendido e ignorante de la existencia del Rulfo hijo, el director de cine).

El cineasta comentó algo de lo que se vería a continuación e invitó al auditorio a un diálogo posterior a la proyección. Se apagaron las luces y encendimos la imaginación con los tres documentales, en una sala para 90 personas y que estaba al límite de sus capacidades. Los trabajos exhibidos fueron: Luvina (1996), El llano en llamas, 50 años (2001) y Con los ojos de Juan Rulfo (1995). Tres visiones, tres historias contadas por Juan Carlos Rulfo, en las que nos acerca, muy de cerca, a su padre, su vida, su obra y las leyendas que se tejen a su alrededor. También nos desvela una faceta muy poco conocida del escritor: el Juan Rulfo fotógrafo.

Convercineando

Después de la muestra, el director de cine se sentó ante el auditorio secundado por la anfitriona, quien hizo de moderadora. Allí empezó una charla sobre el cine documental y la necesidad de contar lo que está pasando en el mundo, o en su caso, en México.

Consultado acerca de si hay más intuición que guión armado, Juan Carlos Rulfo dijo que en sus trabajos “no hay guión”, porque es la gente, los personajes los que le han guiado la historia. “Voy al lugar, empiezo a conocer a la gente y a partir de eso voy armando una pequeña historia, una característica de los personajes”, explicó  el cineasta; además mencionó que para conseguir fondos uno tiene que armar un proyecto creíble con un guión y demás, pero que en la realidad sus documentales toman forma a partir de salir al campo a producir, a hablar con la gente  y a grabar. “A veces juntas a dos de esos personajes y empiezan a conversar entre ellos, sobre lo que ellos vivieron, y se entablan unas conversaciones fantásticas, el hecho de oírlos conversar o cómo platican es riquísimo”, comentó, fundamentando su labor como el que escucha y luego plasma en un documento audiovisual esas situaciones.

 Lo anterior se nota y mucho en su trabajo. Las imágenes, las voces y los ánimos de sus documentales nunca pierden esa mirada tranquila sobre situaciones de la vida de la gente contada desde la misma gente, con sus acentos y sus humores, ya sea de los pueblos de Jalisco (El llano en llamas, 50 años) o de la gran ciudad, como se ve en su premiado documental “En el hoyo”, que muestra la vida de los trabajadores de la construcción en Ciudad de México.

Entre preguntas y respuestas se fue acabando el encuentro ya al filo de las diez de la noche y abandonamos la sala con el gusto de compartir con un cineasta sencillo, próximo, cercano. Fue una enriquecedora manera hacer tiempo antes del viaje, junto a Juan Rulfo. Así conocí  un poco más al escritor, al padre. Y descubrí al hijo cineasta.

Ambos nos dan cuenta de su riqueza artística y mediante ella nos recuerdan que las desgracias del ayer nos siguen azotando con sus injusticias de hoy,  porque en Latinoamérica pareciera ser -como dijera Rulfo durante la charla-  que “los círculos nunca se cierran”.

*Artículo publicado en la sección "Crónicas Migrantes" en http://www.apeparaguay.org/py/ en abril del 2011.

jueves, 23 de agosto de 2012

Los oficios de la vida

Aquel día el viento norte del Chaco aturdía más de la cuenta pero no amainaba el calor ni el sopor de la espera en la cola de migraciones y aduanas. Cuando le tocó el turno a mi amigo el colombiano, que por haber nacido donde nació, parece que mereciera una revisada general para luego preguntarle a qué se dedicaba y a qué venía al Paraguay, por parte de la autoridad.

La respuesta sonó tan desconcertante al uniformado...

—¿Qué? ¿cómo?

—Cuentero soy, como le dije.

—¿Cuentero..hee?

—Sí, cuento cuentos, a eso me dedico y vengo a un festival de cuentería en Asunción.

—Pero no pue chamigo, eso pio existe... vos me querés joder hina arma.

—En serio y si no me cree le puedo contar un cuento.

—¿Heee? Ehh, no sé, este...dale contá entonces, pero esperá que llamo a mis camaradas...

Y así fue que mi amigo, el cuentero colombiano, sedujo a los milicos con sus historias y le sellaron el pasaporte. Sorprendidos, lo despidieron con un "heita cuentero, pe aña mechu", una expresión en  guaraní y castellano, entre burla, festejo y admiración.

Unos años después, ya en Sevilla, me llevaron a un espectáculo de micropoemas y música. Fui nomás sin complejos (y sin tener idea alguna). Salí encantado, porque Ajo (así se llama) la micropoetisa, nos embrujó esa noche con sus versos mínimos y su canalla actitud en el escenario.

Así como aquella calurosa tarde en el Chaco paraguayo, esos milicos supieron lo que era un cuentero, aquella noche sevillana descubrí lo que es una micropoetisa. Y de carne y hueso.


Javier Tauta, el colombiano, contando cuentos en un colegio en Santaní, Paraguay (foto del autor, 2007)

martes, 14 de agosto de 2012

Ñomongueta* en el metro de Madrid


Coincidiendo con los días de júbilo por la aprobación de la Ley de Lenguas en Paraguay, me tocó hacer una función de cuentos para niños y niñas en CasAmérica de Madrid. El título del espectáculo era justamente en guaraní: ¡Cháke Mbói!

El día anterior había estado en la boda de un amigo paraguayo, que durante la fiesta me demostró su alegría y a la vez su nostalgia en el idioma autóctono que compartimos, más aún siendo yo lo más parecido o cercano a un familiar con el que contaba en ese momento (y eso que no somos ni vecinos).

Me alojé en el piso de un ex compañero de teatro al que no veía hace unos 8 años y además de compartir mate para amainar el frío madrileño, nos sumergimos en recuerdos y en largas conversaciones en jopara (esa mezcla de castellano, guaraní y vaya uno a saber qué más) con algunas especificidades que solamente tiene el guaraní, sobre todo cuando recordamos picardías o nos adentramos en el mundo de los afectos.

El día de la función tuve que ir corriendo a buscar mi maleta de cuentos y anduve por varias horas y trayectos en metro, esa culebra subterránea que surca las entrañas de Madrid. En los cuatro días de la gira madrileña viajé metido durante mucho tiempo bajo la gran ciudad. Y allí, en las profundidades de la capital española pude notar el mosaico de culturas, de sonidos, canciones y pasiones en multicolor. Entre ese mbaipy multicultural mi oído pudo destacar nítidamente el sonido preciso, la cadencia y la intensidad del guaraní en boca de algunos de los miles de paraguayos y paraguayas que viven en esa gran ciudad. En cada estación, en cada vagón en el que subía y del que bajaba se producía un ñomongueta ameno, a veces criticón, otros en el que se deslizaban las penurias de vivir lejos de la tierra propia (aunque no tuvieran ni un metro de tierra en Paraguay).

Hugo, que llegó de Fernando de la Mora a España a trabajar “de lo que sea”, me contó que al principio no sabía cómo reaccionar ante un mundo tan diferente al suyo, se relacionaba con la gente solo mirando, estudiando la situación. “Hasta que me di cuenta que podía relacionarme con la gente de acá de igual a igual, y a base de conversar, de chocar, fui entiendo la dinámica de las cosas de acá”, me cuenta entre mate y mate. También dice que escucha música paraguaya (tiene disco de los Corales, Ñamandú, Vocal Dos…) habla constantemente en guaraní con su pareja que también es paraguaya,  e integra un grupo de danza folklórica.

Así como Hugo, como Zulma o Nadia, que asistieron a la función de cuentos, en un solo fin de semana pude sentir, palpar y sobre todo escuchar historias, vivencias contadas en guaraní o en jopara y recordé que alguna vez alguien me dijo: “fuera de nuestras fronteras, el guaraní no sirve para nada”. Y casualidades de la vida, fue una de las personas con las que me encontré por acá hace poco, y cuando nos vimos por primera vez, me recibió gritando:

_ ¡Ha upéi che kape!
.................................................................................


*Conversación, cháchara.

Texto publicado en la sección CRÓNICAS MIGRANTES en www.apeparaguay.org, en febrero de 2011.

Zulma y Lucía, paraguaya y madrileña, compartiendo cháchara en el metro madrileño (Foto del autor).





miércoles, 1 de agosto de 2012

El palabrista


En una plaza de Chiquinquirá, Colombia, tiemblan los versos del poeta  local Julio Flórez (1867-1923) en la garganta de un hombre. Parece una postal de antaño, una estatua erguida sobre el ladrillo de la acera. Y sin embargo se mueve, recita a lo alto, baraja libros en una mano y abre invitante la otra para seducir a las palomas.

Con esa cualidad de malabarista va desgranando estrofas de este rincón del mundo, en las alturas de Boyacá. Mientras la gente transita en cotidiano rito, él sigue lanzando maíz a las aves y versos al viento:

"cuando lejos, muy lejos, en hondos mares,
en lo mucho que sufro pienses a solas,
si exhalas un suspiro por mis pesares,
mándame ese suspiro sobre las olas"


Foto del autor

martes, 24 de abril de 2012

Llueve en Lisboa


Llueve en Lisboa ¿Siempre llueve en Lisboa? “¿Y por qué pensás que las casas tienen azulejos por fuera”?, me dice una compatriota que lleva años viviendo en la capital lusitana.

El caso es que llueve, de mañana, de tarde, incluso de madrugada llueve. La gente silenciosa, casi oscura, con sus pilotos bajo el cielo en lágrimas. Unos días más y me doy cuenta de que el sol le da otra luz a Lisboa y brotan paredes y tejados, como la poesía de Pessoa en los mercadillos de libros usados. Le salen ramitas verdes a las viviendas. Pero pronto regresa la lluvia, arreciando las calles y uno se va acostumbrando a los vidrios empañados de los viejos tranvías que le dan el color y el sonido a esta ciudad que, a pesar de todo, sigue allí con esa dulce melancolía con la que me despide desde el castillo de Saô Jorge, abriendo un poquito sus nubarrones, para esbozar una sonrisa de sol en honor a mi partida.


Los "elétricos" que surcan la ciudad, subiendo y bajando por los antiguos fierros de Lisboa (foto del autor).

jueves, 12 de abril de 2012

Con la tierra bajo los pies

En este espacio virtual-virtuoso para la expresión, intentaré poner letra a letra mis ideas y andares por esta vida  que me inunda con sus geografías. Así que bienvenido seas compa de caminatas que aquí seguiremos la senda de los cuentos, las novedades, los viajes y las desventuras.
Empiezo recordando este fragmento del poeta lisboeta Fernando Pessoa: 


"É o tempo da travessia: e, se nâo ousamos fazê-la, teremos ficado, para sempre, à margem de nós mesmos. Pedras no caminho? Guardo todas, um día vou construir um castelo..."


Transitando por pretéritos caminos, rumbo al río Ypane, en Tacuati, Paraguay (foto: Flora Ovalles)