En una plaza de Chiquinquirá, Colombia, tiemblan los versos del poeta local Julio Flórez (1867-1923) en la garganta
de un hombre. Parece una postal de antaño, una estatua erguida sobre el ladrillo de la acera. Y sin embargo se mueve, recita a lo alto, baraja libros en una
mano y abre invitante la otra para seducir a las palomas.
Con esa cualidad de malabarista
va desgranando estrofas de este rincón del mundo, en las alturas de Boyacá.
Mientras la gente transita en cotidiano rito, él sigue lanzando maíz a
las aves y versos al viento:
"cuando lejos, muy lejos, en hondos mares,
en lo mucho que sufro pienses a solas,
si exhalas un suspiro por mis pesares,
mándame ese suspiro sobre las olas"
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