martes, 14 de agosto de 2012

Ñomongueta* en el metro de Madrid


Coincidiendo con los días de júbilo por la aprobación de la Ley de Lenguas en Paraguay, me tocó hacer una función de cuentos para niños y niñas en CasAmérica de Madrid. El título del espectáculo era justamente en guaraní: ¡Cháke Mbói!

El día anterior había estado en la boda de un amigo paraguayo, que durante la fiesta me demostró su alegría y a la vez su nostalgia en el idioma autóctono que compartimos, más aún siendo yo lo más parecido o cercano a un familiar con el que contaba en ese momento (y eso que no somos ni vecinos).

Me alojé en el piso de un ex compañero de teatro al que no veía hace unos 8 años y además de compartir mate para amainar el frío madrileño, nos sumergimos en recuerdos y en largas conversaciones en jopara (esa mezcla de castellano, guaraní y vaya uno a saber qué más) con algunas especificidades que solamente tiene el guaraní, sobre todo cuando recordamos picardías o nos adentramos en el mundo de los afectos.

El día de la función tuve que ir corriendo a buscar mi maleta de cuentos y anduve por varias horas y trayectos en metro, esa culebra subterránea que surca las entrañas de Madrid. En los cuatro días de la gira madrileña viajé metido durante mucho tiempo bajo la gran ciudad. Y allí, en las profundidades de la capital española pude notar el mosaico de culturas, de sonidos, canciones y pasiones en multicolor. Entre ese mbaipy multicultural mi oído pudo destacar nítidamente el sonido preciso, la cadencia y la intensidad del guaraní en boca de algunos de los miles de paraguayos y paraguayas que viven en esa gran ciudad. En cada estación, en cada vagón en el que subía y del que bajaba se producía un ñomongueta ameno, a veces criticón, otros en el que se deslizaban las penurias de vivir lejos de la tierra propia (aunque no tuvieran ni un metro de tierra en Paraguay).

Hugo, que llegó de Fernando de la Mora a España a trabajar “de lo que sea”, me contó que al principio no sabía cómo reaccionar ante un mundo tan diferente al suyo, se relacionaba con la gente solo mirando, estudiando la situación. “Hasta que me di cuenta que podía relacionarme con la gente de acá de igual a igual, y a base de conversar, de chocar, fui entiendo la dinámica de las cosas de acá”, me cuenta entre mate y mate. También dice que escucha música paraguaya (tiene disco de los Corales, Ñamandú, Vocal Dos…) habla constantemente en guaraní con su pareja que también es paraguaya,  e integra un grupo de danza folklórica.

Así como Hugo, como Zulma o Nadia, que asistieron a la función de cuentos, en un solo fin de semana pude sentir, palpar y sobre todo escuchar historias, vivencias contadas en guaraní o en jopara y recordé que alguna vez alguien me dijo: “fuera de nuestras fronteras, el guaraní no sirve para nada”. Y casualidades de la vida, fue una de las personas con las que me encontré por acá hace poco, y cuando nos vimos por primera vez, me recibió gritando:

_ ¡Ha upéi che kape!
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*Conversación, cháchara.

Texto publicado en la sección CRÓNICAS MIGRANTES en www.apeparaguay.org, en febrero de 2011.

Zulma y Lucía, paraguaya y madrileña, compartiendo cháchara en el metro madrileño (Foto del autor).





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