viernes, 27 de diciembre de 2013

El regalo de la calle

Están en las calles de concurridas ciudades. Algunos en silencio reflexivo, otros con poética sonoridad o ruidosa rutina. Cada uno brindando lo mejor de su creación. Entretienen, impresionan, emocionan y alegran rincones.

En estos tiempos de crisis y desencanto, allí están ellos, personajes de la calle, que primero te regalan su arte y luego piden tu solidaridad para seguir cultivando sus sueños.

Desde el cinismo del poder, en algunos municipios son prohibidos, perseguidos y multados. Pero la creatividad no se corta por decreto, porque vuelve a brotar con su clandestina cualidad para el disfrute de los caminantes.

Homenaje a las cotidianas luchadoras, Sevilla.

Música árabe en el Barrio Gótico, Barcelona.

Ritmo y garganta de los mariachis en Sol, Madrid.

viernes, 28 de junio de 2013

¿TE ACORDÁS?

¿Te acordás cuándo empezó todo? 
O al menos desde dónde se gestó la leyenda.

¿Te acordás que entonces era pesidente un señor que a veces usaba una boina para congraciarse con algunos campesinos? ¿Te acordás que fue en un destacamento militar, puesto allí para defender los intereses privados de una multimillonaria francesa? ¿Te acordás que quemaron ese puesto? ¿Te cordás cómo se llenó de cámaras, de flashes, de imágenes y sonidos alentando la ocupación militar? ¿Te acordás que nadie preguntó a los lugareños nada, ni como testigos, ni como conocedores de la zona?. Apresaron y abusaron de mucha gente, pisotearon sus derechos. ¿Te acordás que no agarraron a ninguno de los "guerrilleros" y se gastaron mucho dinero en el operativo?


Algunos viejos murmuran, algunas abuelas y niños dicen que ese día, cuando quemaron el puesto,  no había guardia, no había nadie, por eso les fue fácil hacerlo. Y mientras los medios los presentaban a los milicos como víctimas y héroes sobrevivientes de un ataque, la gente que cuenta muchas cosas (aunque no se les escucha nunca), habla de un río, de una fiesta, de mucha cerveza...de risas, de disparos al aire, de mujeres, del olor al asado que muchos ya no comen.

¿Te acordás?

Foto de un mural en el Colegio de Tacuati, Paraguay
captada en una gira cuentera en Septiembre de 2010.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Mis muertos vivientes

Alguna vez, al dar un rodeo para evitar el cementerio, el abuelo Heriberto me dijo: “No tenés que tener miedo de los muertos che ra’y, de los vivos lo que no hay que descuidarse, esos lo que son peligrosos”. Crecí con ese des-temor a los difuntos y aprendí a convivir con ellos, tanto que mis abuelos maternos ya no están pero seguimos hablando de ellos en presente, y de vez en cuando, al regresar al pueblo, con algunos primos, nos acercamos a merendar con ellos, sobre las baldosas de su tumba. Incluso alguna serenata les ha caído. 

Este año de finales de mundo, algunas de mis referencias personales y culturales se fueron por el sendero de lo irreversible. Y aunque Eduardo Galeano diga que"vivir es una costumbre mortal", nunca terminamos de acostumbrarnos, tal vez porque siguen inquietándonos con su legado. Si bien la pálida dama fue prolífica en el 2012, me gustaría hablar de tres personas, porque me tocan, porque me siguen latiendo con sus ideas, broncas y afectos. 

La logia de Luque o en lo de Chester
Lo conocí a mediados de los ’90 cuando él coordinaba una radio comunitaria en la ciudad de Luque, una ciudad marcada por el rock y el fútbol (amén de ganarse  la chapa de “ciudad de la música y la artesanía"). El primer día de conocerlo me invitó a su casa, y poco tiempo después, con mi grupo de teatro juvenil y otros tantos adolescentes nos hicimos parte de esa pequeña comunidad que se había montado en su morada. Me sorprendió la cantidad de libros en la casa. Su sala estaba llena de anaqueles, con los más diversos y hasta “raros” ejemplares. Su fascinación por lo oculto, por las logias secretas nos sacudía la cabeza. Fui descubriendo al músico, al viejo rockero (esos que nunca se jubilan), al artista plástico. Compartimos campamentos, críticas, incluso argelerías

Lo último que descubrí de él fue su vena literaria. Lo leí y de entrada me gustó, tanto que después de 5 o 7 años volvimos a retomar contacto gracias a las nuevas tecnologías y le pedí sus textos. Me mandó un libro de cuentos en digital. Le pregunté si pensaba publicarlo en impreso y me respondió: “Para qué, así nos ahorramos matar árboles y en digital, con un solo click viaja a la velocidad de la luz por el mundo entero”. Así sonaba Chester Swann, al que su nombre de bautismo, Celso Abel Brizuela, le resultaba muy real para el mito urbano en el que se convertiría. Un mito que atravesó generaciones y al que hace unos días muchísima gente lloró y expresó su pena, tanto en su funeral como en las redes sociales. Murió siendo un rebelde de 70 años, siguiendo con su moto, guitarra al hombro, las sendas marcadas por sus creaciones, como aquella memorable canción en la que decía: “Pobres gusanos, yo no me arrastro, puedo volar”. 

Mateo, el habitante de la niebla
El primer encuentro fue en Chile, en un festival de cuentacuentos. Compartimos escenario y desde aquel día seguimos transitándonos como coleguitas, unidos por el cordón umbilical de la narración oral. Éramos una especie de amigos itinerantes, nos encontrábamos físicamente en los viajes y encuentros cuenteros. Su bogotana estirpe de sobretodo oscuro y cualidad gris contrastaba a veces con la hilaridad de sus historias personales y sus rollos (más íntimos). Un freak en toda regla, coleccionador compulsivo de cómics y  enorme contador de historias. 

Alexander Díaz Gómez, su nombre, aunque para todo el mundo siempre fue Mateo. Emprendedor empedernido: “El cielo es el límite, papá”, decía cuando soñaba e ideaba proyectos. De gustos finos y ocurrentes ocurrencias. Una vez le comenté que iba a viajar a París; me mandó una lista de sitios a fotografiar en la ciudad de la luz. Una vez allá, con una guía amiga fuimos descubriendo que estábamos haciendo fotos de casas, fachadas, bares y locaciones de la película Amélie, una de sus favoritas y de la cual  yo también era devoto. Cuando llegué a Bogotá y le entregué las imágenes en papel, le espeté: 

—No me dijiste que era la ruta de Amélie, compa.

Me respondió con un guiño detrás de sus anteojos de Jhon Lennon. 

—Ese era el plan, papá, que descubriéramos juntos esa ruta, como cómplices conectados a tu cámara. 

Hace dos meses que se fue a buscar la “niebla benévola”, como llamaba al más allá, un sitio siempre presente en sus espectáculos y textos. No pudo editar su último libro, con un título premonitorio: “Catalejo en la niebla”. Me había pedido que le prologase la edición europea pero nunca salió. De ese inédito material, rescato este fragmento de un hasta luego...

             Tal parece que ahora soy yo el que levanta la mirada y entona un cántico de despedida parcial. 
         ¿Duermes? 
         ¿Duermes despierta? 
         ¿Sueñas....? 

En Itá esculpió su lucha, como los guerreros imprescindibles 
Celso Bazán era un hombre unido a su muleta, como dos alas, con las que voló por sobre la desidia y la ignorancia y creó hace más de 30 años una escuela de música. Un luchador de los que se encuentra uno en un millón, de los verdaderos revolucionarios, combatiente de la vida. 

Lejos del ruido farandulero de la capital, empezó enseñando música bajo un árbol, hasta que poco a poco, con la ayuda de alumnos, padres y madres, fue construyendo su sueño, a pulmón, ladrillo a ladrillo. Hoy, en la escuela Herminio Giménez de Itá, ya no llega Celso con sus viejas muletas, pero en los pasillos, en el patio, bajo los árboles, niños y niñas crean, ensayan, escriben. Niños y jóvenes sin ninguna posibilidad de acceder a formación artística alguna, estudian danza, música y construcción de instrumentos. 

Lo conocí muy poco, pero tuve la posibilidad de colaborar con él y su proyecto de festival internacional. Me comentó que en muchos casos, él pagaba de su sueldo parte del salario de algunos docentes y otros gastos corrientes. Y lo hacía a pesar de que en su casa andaban con los justo, casi poco. La imagen que me guardo de él es su catre de reposo, las muletas de madera, y una inabarcable sonrisa cuando hablaba de música y de la realización de su sueño: Que muchos niños sientan la belleza de la vida por medio de la música. Y vivir dignamente de ello, también.


                                             ...y navegas como un ángel / con muletas como alas.

viernes, 31 de agosto de 2012

Haciendo tiempo con Juan Rulfo*


En medio de la ebullición futbolera por el clásico Madrid- Barcelona que ocurriría al día siguiente, tuve que hacer tiempo antes de tomar mi autobús para volver a Sevilla donde resido. Y por esos azares de la vida me topé con la siguiente propuesta cultural: “Juan Carlos Rulfo: Inéditos”, al ver que era gratuito “hasta completar aforo” sin leer mucho de que se trataba decidí acudir a la cita para saber algo más del escritor mexicano.

La cita audiovisual comenzaba a las 19:30 en Casamérica de Madrid, en el ciclo Los martes del Documental. La anfitriona de la de la tarde, Alicia Luna presentó al director, un tal Juan Rulfo, o mejor dicho,  Juan Carlos Rulfo, nada más y nada menos que uno de los hijos del creador de Pedro Páramo y el Llano en llamas. Ahí recién entendí que no se trataba de un homenaje más, sino que tendríamos la posibilidad de que nos cuenten en primera persona, consanguíneamente, algo sobre uno de los maestros de las letras latinoamericanas (luego me di cuenta que no fui el único sorprendido e ignorante de la existencia del Rulfo hijo, el director de cine).

El cineasta comentó algo de lo que se vería a continuación e invitó al auditorio a un diálogo posterior a la proyección. Se apagaron las luces y encendimos la imaginación con los tres documentales, en una sala para 90 personas y que estaba al límite de sus capacidades. Los trabajos exhibidos fueron: Luvina (1996), El llano en llamas, 50 años (2001) y Con los ojos de Juan Rulfo (1995). Tres visiones, tres historias contadas por Juan Carlos Rulfo, en las que nos acerca, muy de cerca, a su padre, su vida, su obra y las leyendas que se tejen a su alrededor. También nos desvela una faceta muy poco conocida del escritor: el Juan Rulfo fotógrafo.

Convercineando

Después de la muestra, el director de cine se sentó ante el auditorio secundado por la anfitriona, quien hizo de moderadora. Allí empezó una charla sobre el cine documental y la necesidad de contar lo que está pasando en el mundo, o en su caso, en México.

Consultado acerca de si hay más intuición que guión armado, Juan Carlos Rulfo dijo que en sus trabajos “no hay guión”, porque es la gente, los personajes los que le han guiado la historia. “Voy al lugar, empiezo a conocer a la gente y a partir de eso voy armando una pequeña historia, una característica de los personajes”, explicó  el cineasta; además mencionó que para conseguir fondos uno tiene que armar un proyecto creíble con un guión y demás, pero que en la realidad sus documentales toman forma a partir de salir al campo a producir, a hablar con la gente  y a grabar. “A veces juntas a dos de esos personajes y empiezan a conversar entre ellos, sobre lo que ellos vivieron, y se entablan unas conversaciones fantásticas, el hecho de oírlos conversar o cómo platican es riquísimo”, comentó, fundamentando su labor como el que escucha y luego plasma en un documento audiovisual esas situaciones.

 Lo anterior se nota y mucho en su trabajo. Las imágenes, las voces y los ánimos de sus documentales nunca pierden esa mirada tranquila sobre situaciones de la vida de la gente contada desde la misma gente, con sus acentos y sus humores, ya sea de los pueblos de Jalisco (El llano en llamas, 50 años) o de la gran ciudad, como se ve en su premiado documental “En el hoyo”, que muestra la vida de los trabajadores de la construcción en Ciudad de México.

Entre preguntas y respuestas se fue acabando el encuentro ya al filo de las diez de la noche y abandonamos la sala con el gusto de compartir con un cineasta sencillo, próximo, cercano. Fue una enriquecedora manera hacer tiempo antes del viaje, junto a Juan Rulfo. Así conocí  un poco más al escritor, al padre. Y descubrí al hijo cineasta.

Ambos nos dan cuenta de su riqueza artística y mediante ella nos recuerdan que las desgracias del ayer nos siguen azotando con sus injusticias de hoy,  porque en Latinoamérica pareciera ser -como dijera Rulfo durante la charla-  que “los círculos nunca se cierran”.

*Artículo publicado en la sección "Crónicas Migrantes" en http://www.apeparaguay.org/py/ en abril del 2011.